defending rights and civil liberties

2018

01

DIC

¡Cómprenme el cuento!

Cuento es una palabra que viene del término latino “computus”, que significa cuenta. Es una narración breve de hechos imaginarios, con un grupo generalmente reducido de personajes y un argumento no demasiado complejo

 

Un cuento, según la Real Academia Española de la Lengua (RAE), puede ser también la narración de un suceso falso, un relato indiscreto o un engaño. Pero en Colombia, echar el cuento, además de poder tener la misma connotación de cortejo que tiene en otros países latinoamericanos, significa proponer un trato.

Así, hacia mediados del año 2008, el entonces vicepresidente de Colombia nos vino con el cuento de apoyar un estudio sobre el secuestro en aquel país. Víctima él mismo de secuestro por parte de Pablo Escobar, quería que trabajásemos junto con César Caballero, gerente de Cifras y Conceptos, y Gonzalo Sánchez, entonces director del Grupo de Memoria Histórica de la Comisión Nacional de Reparación y Reconciliación (CNRR) en un informe que presentara la realidad histórica de este fenómeno tan cruel y doloroso del conflicto colombiano.

Dudas, las tuvimos y muchas, pero quizás era una oportunidad. No queríamos engaños, ni legitimar acciones ilegítimas. La CNRR era parte de la institucionalidad, del Estado colombiano, y la guerra estaba en pleno apogeo así que no queríamos entrar a ser parte de un juego de estrategias y guerras entre partes.

El Grupo de Memoria Histórica no entraba en esa dinámica, era algo diferente, nos decían, así que Gonzalo Sánchez aprovechó el momento y nos planteó que además de investigar sobre el secuestro, deberíamos apoyar un informe sobre desaparición forzada. Y además, nos invitó a la presentación del informe “Trujillo una Tragedia que no Cesa”, el primer informe de su grupo, para conocer de primera mano no solo el trabajo investigativo sino, importante, el componente de reparación y reconciliación que este conllevaba.

La introducción al informe, escrita por el propio Gonzalo, comienza así: “Colombia ha vivido las últimas décadas en luto permanente. Masacres y otras formas de violencia colectiva con diversas magnitudes, intencionalidades y secuelas han ensangrentado la geografía nacional. Entre 1982 y 2007, el grupo de Memoria Histórica ha establecido un registro provisional de 2.505 masacres con 14.660 víctimas”.

Desarrollado con y para las víctimas, fue presentado en el marco de la I Semana por la Memoria (septiembre de 2008) en el salón principal de la antigua cárcel o Penitenciaría Central de Bogotá, conocida como el “Panóptico”. Y, ante la presencia de un grupo de víctimas, a las cuales se hizo entrega en mano del documento, el entonces vicepresidente Santos pidió perdón por la responsabilidad del Estado colombiano.

Este artículo no busca ahondar en la masacre o masacres de Trujillo, pero para ponerse en situación me gustaría apuntar, como dice el informe, que “(e)ntre 1988 y 1994, en los municipios de Trujillo, Bolívar y Riofrío (noroccidente del departamento del Valle) se registraron, según los familiares y organizaciones humanitarias, 342 víctimas de homicidio, tortura y desaparición forzada como producto de un mismo designio criminal”. Cifra que representa bien el alcance del informe y su significado en Colombia. Además, quisiera remarcar que, como bien apunta el informe, la mayor parte de las víctimas en Trujillo fueron responsabilidad de la Fuerza pública o de grupos paramilitares (y narcos) leales al Estado, siendo el propio Estado quien acepta esa responsabilidad y lo cuenta en este informe.

Gratamente sorprendido por la receptividad del informe a nivel del colectivo de víctimas en Trujillo (a las cuales pude acompañar en Buga en una de las sesiones de juzgamiento del “Alacrán” Loaiza), como dirían en Bogotá, le compramos el cuento a Gonzalo. Traduciéndose en 36 meses de trabajo con el Grupo, que con el tiempo terminaría transformándose en el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) de Colombia. Con el cual desarrollamos en tiempos de la primera administración del presidente Santos (la cual, desde la vicepresidencia de Angelino Garzón siguió apoyando el proceso), tanto la construcción de la base de datos del CNMH sobre secuestrados como los siguientes informes: "Una Verdad Secuestrada - Cuarenta años de estadísticas de secuestro 1970-2010" (2013); "Normas y dimensiones de la desaparición forzada en Colombia" (2013); "Huellas y rostros de la desaparición forzada 1970-2010" (2013); "Entre la incertidumbre y el dolor - Impactos psicosociales de la desaparición forzada" (2014); y "Balance de la acción del Estado colombiano frente a la desaparición forzada de personas" (2014). O lo que es lo mismo, la recuperación del olvido social e institucional de 39.058 personas víctimas de secuestro y de 60.630 personas víctimas de desaparición forzada.

En palabras de Gonzalo Sánchez, “seguimos desenterrando la barbarie”.

Así, y volviendo a la introducción del informe sobre Trujillo, quiero remarcar esta frase: violencia colectiva con diversas magnitudes, intencionalidades y secuelas. Porque estos trabajos, además de estar centrados en las víctimas, desnudan la realidad de Colombia desde su “diversidad”, y sobre todo, desde su “diversidad en la magnitud”, “diversidad en las intenciones” y “diversidad en las secuelas”. Porque en los mismo, tan importante es el relato de los hechos acontecidos, como el desarrollo de un buen análisis de contexto.

A diferencia de lo que ha ocurrido en informes más tradicionales sobre la “Verdad”, en Colombia no se centran en el victimario, ni en relatar únicamente lo acontecido. Tampoco se paran a comparar magnitudes, intenciones o secuelas. Se trata de documentos redactados con ecuanimidad, dando fe de la existencia de unos hechos y nos los cuentan en su contexto. Mejor dicho, se los cuentan a las víctimas desde la institucionalidad y la oficialidad como reconocimiento de que efectivamente ocurrieron, siendo el paso previo a la aceptación de responsabilidades. Por lo tanto, no son un cuento, ni una redacción breve con un número limitado de personajes, sino la base para construir el camino hacia la reparación y la tan ansiada garantía de no repetición.

Adicionalmente, quisiera remarcar que más allá del trabajo institucional, en estos informes, el contar con apoyo voluntario y desinteresado de colectivos de víctimas, empresas, academia o simples ciudadanos de a pie fue imprescindible. Sin el impulso personal que personas como Cesar Caballero dieron al informe sobre secuestro, por ejemplo, nunca habría sido posible acceder a tantos datos, demostrando que desde la sociedad civil también hay espacio para incidir en nuestra memoria histórica, aumentando, si cabe, la complejidad de su desarrollo.

Al hilo, este verano pude visitar en la Fundación Miró de Barcelona una exposición del artista franco-argelino Kader Attia, titulada “Cicatrius” y que me ha hecho reflexionar bastante, y más desde que la sensación de campaña electoral continua se ha hecho fuerte en España, o desde la victoria de Jair Bolsonaro en Brasil, país donde he residido los últimos cuatro años.

En ella, Attia convierte cicatrices del pasado en arte. “Las cicatrices”, dice él, “nos recuerdan que nuestro pasado es real” y desde las cicatrices analiza la reparación: “(u)n pueblo no se cura por sí solo, sino hacemos nada, la herida quedará en su subconsciente y perdurará durante generaciones”. Así, de la exposición, recuerdo de manera especial una frase en la que se afirma que las personas también “somos nuestros fantasmas”. Afirmación sobre la que llevo dando vueltas estos meses, pues si algo demuestran las polémicas que entorno a la exhumación del cadáver del General Franco, la muerte del president Companys o sobre el programa educativo del Gobierno Vasco “Herenegun!” se han dado estos meses, es que, por encima de ideologías, sin duda, vivimos en sociedades enfermas.

Y no se trata sólo de leyes, de normas o de obligaciones internacionales. No es de recibo que a estas alturas sea socialmente aceptable, dependiendo del contexto y el entorno, tanto ensalzar a un abuelo pistolero de extrema izquierda como a un abuelo golpista y fascista. Qué si tú víctima y yo verdugo; que si ambos dos o tres a la vez; que tú eso; qué si ese lo otro…. ¡Ya basta de cuentas!

Nos puede gustar o costar más o menos enfrentarnos a nuestro pasado o al de nuestra familia, amistades, entorno, etc. Cada quien puede llevar sus propios demonios y fantasmas consigo. Pueden estar o no presentes en el día a día. Pero el tiempo no los borra y el olvido, la amnesia, no es la solución. Hay que exorcizarlos.

Como dice Attia, si no los curamos nos van a perseguir siempre, como lo hicieron las Guerras Carlistas antes o lo hace la colonización en África o América. Y lo que es peor, se van a quedar siempre en nuestro subconsciente, perdurando por generaciones. Así que yo no quiero dejar ese lastre como herencia a futuro.

Además, el mundo está muy revuelto y nuestra casa no es ajena al repunte de los extremos, llamados quizás no tan acertadamente, populistas. Por lo que ya va siendo hora de que comencemos a “desenterrar nuestras propias barbaries”, pues no podemos seguir viviendo con viejas heridas supurando y en constante pelea estéril, abiertas a cualquier agente patógeno que aproveche su oportunidad y de nuevo nos desangre.

Por tanto, ¡cómprenme el cuento! señoras y señores… y exijan memoria histórica desde unos buenos análisis de contexto que nos ayuden a comprender mejor, a aceptar, asumir, diagnosticar y reparar. Dejemos a un lado posiciones partisanas o equidistantes, y centrémonos en la ecuanimidad. En ese equilibrio que reconoce las diversas magnitudes, intencionalidades y secuelas de la violencia, desde y para las víctimas.

Colombia no es una sociedad perfecta. Ninguna la es. Y desde su experiencia el CNMH nos puede enseñar mucho, siempre y cuando queramos aprender. Pero no se equivoquen, no les estoy cortejando ni contando una historia imaginada, falsa o engañosa. Indiscreta quizás, y dolorosa seguro que es. Pues este tipo de informes nunca fueron un cuento y trabajar en memoria histórica siempre es complicado. Pero recuerden que los antisépticos que curan: pican, escuecen y siempre, …siempre, duelen.


PD: En breve, Gonzalo Sánchez va a dejar la dirección del CNMH así que, desde aquí, le deseo lo mejor y, sinceramente, en la coyuntura que se encuentra actualmente el país, espero que Colombia pueda poner a alguien de su valor y valía en el puesto para que puedan seguir cicatrizando heridas…

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